30 nov. 2009

trazo-arriesgo

Trazar un kanji es arriesgarse.

Será una pérdida eso que se desprende de mi cuerpo para escribirse en el ahí del afuera.

O sería pura continuidad de inmanencia que se busca enfrentada en la superficie que trae la escritura. Porque la escritura trae a la superficie como super-ficie.

Si cuando apoyo el pincel sobre la hoja blanca ya es ese acto en sí mismo la naturaleza del Buda, cómo tolerar que se piense (en exceso) un camino de la escritura (書道, Shodo) y que escribir sea en-tintar todas las cosas.

Primer paso en este largo camino que se abre bajo el pie:

Se toma la barra de tinta, se la raspa contra el suzuri, se le agrega agua: tinta (, sumi), se elije un pincel, una hoja de papel de arroz y se escribe.

¿Qué se escribe? ¿cómo? O sería más correcto: ¿quién (se) escribe? El (se) marca la epojé ( ) de ese supuesto “sujeto” que ha decidido liberarse de cada una de sus ataduras.

Qué se de-vela ahí, qué relación guarda eso conmigo, cuánto de mi goce se entinto y se garabateó en ese desprendimiento que soy.

Si no pudiera perderme, si no (me) arriesgara al caligrafiar, nunca se mostraría ese primer trazo como gesto

¿mío?

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