28 abr. 2008

Primera de dos (o tres)

Cómo empezar a hablar ahí donde el verbo se paraliza y el ojo va mucho más allá de cualquier enunciación. Cuando el azar va dejándole lugar a la casualidad de intentarse en un mínimo orden de lo que no habla, de lo que no puede decirse. Siempre el ojo produce un resumen visual que no alcanzan las palabras, que son siempre analíticas, pretendiendo una reducción de la síntesis ocular y un desmenuzar la imagen, que está presente en ese golpe de vista, ahí-ahora. No se dice. No se habla. Se dice, se habla, porque así no le dejamos ese lugar a la muerte, no le dejamos espacio. Porque no soportamos el vacío; el nuestro. Yo vivo, despreocupado de mis espacios en blanco, pero sé que ahí es, justamente, donde me están esperando: el vacío y la muerte.

Pero se trata de tiempos, porque el tiempo para morir es importantísimo, no se lo debe dejar pasar: hay que saber morir a tiempo, es una especie de gesto sincero y cordial con uno mismo; una gentileza, la última con uno mismo: morir y no desaparecer. Cerrar los ojos. Ya no mirar. Ya no poder ver.

No puedo decir la muerte, tampoco veo mi muerte. Puedo verme como mi cuerpo muerto, pero no verme mientras muero. Mi ojo escapa a las concavidades del morir. ¿Será posible que hable la muerte siempre desde el afuera, desde ese íntimo soy-afuera donde nos encontramos y nos separamos? ¿quién habla? ¿quién ve? ¿quién muere? El ojo y la palabra.

Todo lleva su secuencia inicial inercial, uno es uno, el dos dos, el tres: las diez mil cosas. Sólo se puede jugar-a entre estas cosas, juego, el más serio de todos. Esquivarlas, pasarles cerca, obviarlas, afrontarlas, jugarlas; todas fórmulas y sinónimos de vivir.

Todo se puede inventar en un tablero, sobre hoja cuadriculada, todo, a justa medida, en casillas, todo, impugnando el mundo ¿real?

Lo mejor: ir trazando círculos alrededor de uno, y si aparece algún camino, trazarlo sólo para poder deambular en él hasta perderse. ¿Para qué más sirve un camino? Para ver con la lucidez de la ceguera.

El lenguaje, el habla, la imagen, la escritura, la caligrafía, la poesía: dictados arbitrarios para distanciarnos de las cosas y de nosotros mismos. Temor de la locura. Un pecado para el ojo atento, un placer de la memoria. Nadie está exento de la locura y menos de su propia muerte.

2 comentarios:

Fer dijo...

pero, justamente guiyo; hay que empezar a hacer palitos chinos para no salir ya jamás deese silencio.
el enunciado flota; la enunciación cae, se hunde.
siempre una delicadeza lo suyo

Crespi dijo...

"El lenguaje, el habla, la imagen, la escritura, la caligrafía, la poesía: dictados arbitrarios para distanciarnos de las cosas y de nosotros mismos."
De acuerdo, pero también la única manera de relacionarnos con las cosas, con los otros y con nosotros mismos.