21 may. 2008

Segunda de tres

Se ayuda el tacto diciendo, mejora la intención, aparece la coherencia: sólo digo mis obsesiones, lo que mis dedos no alcanzan a rozar. El mundo debe ser acariciado antes de ser-hablado. Con ese mismo gesto amoroso debe decirse de él ( lo que se diga) como con la yema de los dedos; con esa delicadeza, con lo flotante de la poesía, que flota sobre ese mismo mundo sin borrarlo, sin opacarlo. Sabemos: nunca una cosa es una cosa, siempre son la relación-con, con lo otro que son, con lo que no-son, con su negación: son a partir de su negación. Yo soy yo y mi muerte, que mi ojo no quiere ver y de la que no hablo. Para no hablar pongo una palabra, pongo la falta, lo-que-falta en negrita y cursiva. Sólo eso es la palabra, un humo evanescente , un perfume de las cosas cuando no están, cuando faltan.
No recuerdo ningún sustantivo que se vaya desvaneciendo, olvidando como un secreto, como una emoción pasada, que tenga un eco de haber sido, borroso o impermeable. Pero sé que cuando llueve el agua suele devolverle su brillo natural a las cosas, y algunas, algunas encandilan con su silencio. De días nublados: así pensar, así escribir, así hablar.

Pero tengo esa especie de viciosa tendencia natural a mirar las cosas para intentar resucitarlas en algún poema. Y ahí, justo ahí se abre.La ironía extrema del silencio, todos lo sabemos pero si lo decimos dejó de ser. Ese hueco que se hace silencio, un agujero en el habla, que habla callando, que dice faltando.

Hablamos para olvidarnos de la muerte. Y cuanto más vivimos más espacios en blanco hacemos; le hacemos más lugar, pero despreocupados, irónicos. Así nos quiere la vida, así nos espera nuestra muerte: estamos regidos por el vaivén. Una vez hacia un lado, otra vez hacia el otro.Shhh.

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