19 oct. 2007

Sobre "Policías en acción"

¿Dónde está la potencia de la imagen? ¿dónde comienza la simulación? ¿quién simula qué? Ante estas tres deliciosas preguntas comienzo a ensayar una respuesta implícita en la misma fuerza expresiva que despliegan los “Policías en acción”.

Una de sus potentes destituciones del orden de lo real viene de su poderoso andamiaje narrativo “interior” (el guión y su recorte de los diálogos) y en el “exterior” (recursos del comic, grandes esfuerzos estetizadores, cartelitos explicativos). “Esta es la realidad” como tal, dicen, y se regodean en eso, como si fuera cierto y evidente de suyo. Comenzaría el documental, si así fuera; pero no. Comenzaría una cámara al hombro con un no-comment; pero no. Comienza “Policías en acción”: lo que ves es lo que hay.

Todo se inicia con un ignoto llamado al 911 que da apertura al gran metarelato, que se inicia con la respuesta del patrullero que, casualmente, lleva a la cámara. Nunca la policía interviene de motu propio, siempre es llamada, reclamada (como los mass-media) como para ratificar esa “mini realidad” que exige una doble legalidad: policía-mass-media; sólo nos hace falta un abogado y un contador para completar la verosimilitud de tal “hecho”.

Aquí cabe perfectamente la sospecha de M. Lazzarato en cuanto nuestras sociedades ya no son únicamente una sociedad determinada por la disciplina, ya que las articulaciones disciplinarias se han complejizado de tal modo, que hoy habitamos sociedades de la vigilancia. El pasaje de la biopolítica foucaultiana a la noopolítica, pensada por Lazzarato, nos deja en el borde mismo para poder leer “Policías en acción”. Lo que se muestra claramente en este programa es cómo la noopolítica es el modo de disciplinar ya no los cuerpos o las almas, sino que se pretende actuar sobre el gobierno de lo ideológico: un orden y un control. De este modo, y fácilmente, se puede vender que una sociedad vigilada es una sociedad segura.

Creo que uno de los seguros que sustentan este programa descansa en el éxito y la captación que provocan sobre la mirada, interceptándola al disolver esa liminal frontera entre la ficción y la realidad. Para que esto ocurra se pone en marcha un sutil mecanismo de creencia: se hace creer en la realidad que la ficción re-presenta, no en la ficción como ficción misma. La venta en el canal dice: “programa completamente realizado con escenas reales y muchísima acción”. Y no sólo se promete “atrapar” a quienes violen o perturben la ley, sino al espectador también.

Como recurso visual, nosotros acostumbramos a ver en la pantalla a “policías” haciendo-de policías, o, en otras palabras, se ve la obligación (como actores) de actuar-de policías, de imitarse a sí mismos. Cada vez que viajen acompañados por la cámara, justamente ahí comienza la actuación y la producción de adrenalina.

En este punto me queda mucho más claro en “en acción” del título: cada vez que un director de cine comienza a filmar su ficción grita “acción”. De este mismo modo, nuestros policías-actores entran-en-acción cuando están en presencia de una cámara.

Si la situación no es muy crítica o peligrosa en extremo podemos ver claramente la alienación, el modo de desentenderse de sí mismos de cada policía al tener que actuar su papel, en una distracción que marca la pose y ratifica ese fantasma que él no es, para ofrecerse a la pantalla y a la mirada ausente. Para esto se recuperan los testimonios in situ de los propios protagonistas de la escena, sean la víctima, el victimario o el agente de la ley: todos los discursos tiene el mismo valor, es decir, ninguno.

La cámara produce e incita ese quiebre esencial en la unidad de lo efectiva y concretamente real, y el policía responde a esto delegando este principio de realidad a su personaje: le dará voz a su re-presentante.

Notemos el modo en el que responden y atienden a algún borracho que ha hecho un disturbio en la vía pública: le hablan como el mejor de los terapeutas, lo abrazan, lo calman, se ofrecen a llevarlo al hospital o a su casa, etc. Y nos dejan una imagen de simpatía y paciencia que ni Gandhi pudo lograr, pero muy difícil de sostener cuando vemos el accionar de esta misma policía en los estadios de fútbol.

Todos modos de la ayuda que todos sabemos que “en realidad”, es decir, sin la cámara presente, no habría ninguna posibilidad en todo el universo de que esto ocurra así.

Sobre la pantalla aparecerá algún globito que ofrece datos estadísticos del índice de alcoholismo en la provincia, o en determinado grupo socio-económico, o edades; esto es un excelente hipervínculo para desdramatizar lo que se esta viendo, anestesiando la mirada en toda forma de denuncia.

El camarógrafo siempre pregunta, y pregunta en off, en ausencia, a distancia, sin involucrarse, como las voces de los shoppings o los hipermercados que ofertan productos quién sabe desde donde. Cuando alguno de los actores casuales se ha quedado sin voz, la del camarógrafo será el puente: el preguntará y retomará ese dialogo trunco, y el partener seguirá con su monólogo frente a la cámara; nunca hay un conductor, ni un locutor que mantenga un hilo narrativo, y esto le da esa “cercanía” con el público tele-vidente, y lo hace partícipe y testigo de la acción.

También aparece esta misma voz cuando hay que insertar la seriedad a la escena: se hace una pregunta sobre el hecho, a la que el policía contestará en ese idioma tan particular que aprenden, que consiste en desconectar al objeto directo de toda forma de predicado, en subordinar cuando no corresponde, y en cambiarle los nombres sustantivados a aquellas cosas que todos conocemos: no existen hombres, hay masculinos, hay femeninos, hay natalias-natalias, hay óbitos; no existen calles y veredas, hay vías públicas; no existen los autos, hay móviles para el traslado a dependencias; no existen hospitales, hay centros de atención médica, y muchos etc.

En cuanto al trabajo de edición, podemos notar claramente que el producto esta destinado a un target de público, al que se le debe entregar una dosis justa y balanceada de “realidad social” y entretenimiento: ¿bizarro, kitch, parodia, tragedia?

Así, la maravillosa co(n)fusión ha sido realizada: nada más real que esto. Sólo vemos al policía, pero al del espejo, a su imagen, a su fantasma, y pareciera que no sólo nos conformamos con ver esta mínima porción de realidad, sino que, además, sólo le damos el valor de realidad exclusivamente a esa re-presentación. El sí mismo y su otro del policía es lo que se pone en la misma escena. Esto me obliga a preguntarme ¿cómo represento la representación?

Ante esto se abre la multiplicación de las miradas en un inmenso e indefinido campo de percepción, pero que resulta totalmente cegador. No hay posibilidad alguna de representación fija, de algún mínimo punctum para poder fijar un instante la mirada, para detenerla y así poder reflexionar sobre lo mirado.

Una cámara, unos policías y unos cuantos parteners (chorros, loquitos, borrachines, vaciladores, gatos, villeros, bigotes) y tenemos cubiertos todos los papeles: lo real y la ficción son una y la misma cosa.

Lo tragicómico que se juega entre estos personajes no sólo pretende ratificar el carácter “real” de las situaciones, sino que además, lo que es mucho peor y peligroso, provocan ese relajamiento en el espectador, que espera la culminación de la escena con algún remate simpático. Lo que se ha puesto en juego es un dispositivo de anonadamiento de cualquiera de las formas identitarias o de subjetividad a través de un recurso estético.

La presentación de los temas es resuelta con la estética del comic, como elemento desdramatizante, y siempre acompañado de algún título que nos recuerde a una canción popular o alguna película, con una leve variación. Esto esta encerrado en una sincronizada musicalización, o efectos de sonido copiados de los dibujos animados, que siempre marcan el target de la nota que veremos a continuación, denunciando grupo de pertenencia, nivel económico, social o cultural, rasgos xenófobos, y toda una serie de prejuicios raciales, sexuales o los que sirvan para reforzar la imagen.

No sólo accederemos al diccionario propio de la policía bonaerense, sino también al de las clases excluidas, al cómo habla el margen: nuevos verbos, sustantivos resignificados, jergas, gestos, modos de enunciación.

A la tragedia de lo real se le contrapone la comedia de la ficción: todos son nadie, su propio papel, su rol, pero como actores con fecha de vencimiento en la pantalla, representando su nulidad como personas y su efectividad como personajes.

Privados de la cámara, el policía y su contrafigura de turno no son nada. Y ante este terror, ambos prefieren hacer-como-si ante las cámaras, ante esa minúscula existencia que les confiere la cámara. Sin la cámara no hay realidad posible, y ni el policía ni su partener tendrían dónde resolver su estancia, su ser, su cuerpo o sus deseos. No hay más policías que los que ha creado el juego entre la mirada y los discursos que se atraviesan en ese mismo punto que resulta de una intermediación entre el ser y el papel a actuar.

Cualquiera de nosotros puede, si quiere, hacer-de-actor como signo de la representación, estar-en-representación-de, pero en el caso del policía ¡lo hace de sí mismo!

El policía hace-de-sí-mismo, dice lo que tiene-que-decir, no lo que piensa en ese momento; hace lo que debe (ante la cámara) hacer, expone emociones, opiniones y sentimientos que no le pertenecen, salvo que tomemos su nombre en el guión como ratificación de identidad. Sólo ha re-presentado trágicamente la negación de él mismo, de todo aquello que lo constituye como tal.

En esto olvido de la función (de policía) se abre también el olvido de sí mismo, y el policía pasa a ser ya no un actor o un personaje, sino un títere, una marioneta del espectador. La policía cree que, para “humanizarse” debe responder a los criterios del rating. Nada más alejado de la realidad.

El programa oscila entre el formato de lo documental y la parodia, la novela y el drama, el comic y el reality, en un desfile incesante de allanamientos, detenciones, tiroteos, los primeros minutos luego de un accidente automovilístico, desalojos, motines, dramas familiares, investigación de delitos y persecuciones.

Tanto lo representado en el programa, como los representantes y los espectadores conforman ese gran homicidio sobre la representación. Se la asesina al llevarla más allá de sus posibilidades, abandonándola cuando delate alguno de sus límites.

Aquí mi pregunta: ¿cómo se ven los policías a ellos mismos cuando se ven ellos mismos en esa actuación? Creo que corren el peligro de creer que eso que ven “en-realidad” en la pantalla son realmente ellos mismos; y en el querer convertirse en eso que se mira se esconde una fatalidad: el exceso de representación. Esta exhuberancia de realidad que donan las cámaras, más que una abundancia marca una terrible desproporción y una desmesura: lo real queda encerrado entre dos ficciones.


Texto completo en Comprate un perro nº 1, invierno de 2007.

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