19 oct. 2007

CHA NO YU: TÉ PARA TRES…

Oriente/Occidente. ¿Es posible aproximarse a una experiencia cultural tan extraña al paradigma occidental como el Cha no Yu? A esta pregunta tácita responde concretamente ese ensayo de experiencia en el que Guillermo Goicochea, evitando la cerrazón habitual de la intraducibilidad, convierte los obstáculos en puntos de partida y lee cada uno de sus gestos más singulares como pistas, claves o contraseñas de una experiencia amorosa.

En religión el porvenir está delante de nosotros, en arte, el presente es eterno.

Okakura Kakuzo [i]

Estamos invitados a tomar el té…

Hace unas clases atrás que empecé con mi aprendizaje sobre lo que prefiero pensar y llamar “el camino a través del té”, más que ceremonia, ya que creo que este último concepto puede ser no del todo suficiente para que podamos entender de que se trata. La frase “arte del té” también puede indicar algo, pero también queda balbuceando en el borde de lo que señala. Indudablemente se trata de un “arte”, pero tiene algunas otras capas de sentidos para pensar y para re-pensar.

Si uno quiere “conocer” que es esto del “Japón profundo” (o el más místico) nada mejor que el Cha no Yu (茶の湯).[ii]

Aquí es dónde están replegados y concentrados todos los valores estéticos, éticos y artísticos de la vida japonesa: ¿de cuál? Sería muy bueno poder replantear esta pregunta.

Desde el S XV se conoce en Japón esta manera de “preparar té” y desde entonces ha habido sólo tibios intentos por re-pensar los valores que se desprenden de esto. Lo que nadie duda es que tomar de esta manera el té es una forma de sacralizar la vida, de estetizarla, de vivirla artísticamente; es un excelente pretexto para disfrutar de lo refinado, lo exquisito, lo puramente sagrado y místico que tiene la vida. Sólo el anfitrión y su huésped, sólo eso, y nadaesa nada. Acá es donde se da esa epifanía (epi-faino) donde todo empieza a ser real… acá se ve, en ese silencio visual, como se sacraliza la vida, como se hace, como deviene… sólo un anfitrión y su huésped, solo, uno solo ¡y tanta nada!

Hay un millón de gestos que aún no decodifico, pero que disfruto plenamente, y un millón de signos que esperan por ser leídos; sedas que cuentan de sus historias, kimonos para leer, colores del tiempo, olores de la vida, sabores que traen recuerdos, sonidos que cicatrizan al silencio, luces que se cansan, flores que traen un mundo a la mano, poesía, poiesis… silencios, silencio de nada, la nada agazapada en cada rincón, centelleando, haciendo guiños, haciéndose haikus…

Si “pensar es hacer” acá se nota el hacer-se desde ese ahí, donde las expresiones mas inconcientes son las que verdaderamente valen, donde el cuerpo no miente (porque no puede) y de este modo cada gesto nos desnuda y traduce nuestros más íntimos pensamientos, traicionando nuestra razón y nuestras razones… gestos, miradas esquivas, suspiros, respiraciones tan leves, mucho blanco, roces de la seda consigo misma, movimientos tan sutiles, cuerpos fantasmales, sonidos fugaces, silencio de nuevo, que se hace y se des-hace; silencio, el de verdad, el real: el de la nada, que da, se-da y se des-hace.

En este lugar se nota por qué alguien se puede conmover con lo más cotidiano, lo común, lo más simple y ordinario, encontrándole la verdadera belleza que lleva implícita en su interior. Por eso, no se trata de un simple goce estético, de lo meramente sobre-el-objeto, de nuestra sensación buscando su correlato objetivo ahí en-frente; si no que es una forma de expresar lo que los nipones piensan y sienten desde esa unión entre estética-ética-arte como concepción integral del hombre-naturaleza. No hay absolutamente nada esotérico, extraño, exógeno, exterior que pueda romper o quebrar esta armonía que se vive, se respira, se siente con todo el cuerpo, ahí dentro, de ese “salón” (sukiya) que se hace uno con nosotros y se deshace en cada uno.

Cada movimiento está plenamente codificado y pensado al mínimo detalle. Pareciera que han descubierto cual es el ritmo de esa físis y lo han podido copiar y seguir. Por eso, no es muy difícil aceptar que “El teísmo es Taoísmo camuflado”, como dice Kakuza [OK: 35]

Todos los movimientos se hacen simple y naturalmente (aunque a mí aún no me salgan mas que mecánicamente) deviniendo uno en otro, en un “orden” implícito y emergente extraordinario: uno deviene el otro y yo voy deviniendo otro en el otro movimiento, que ya es otro: cambio y permanencia. Vas de un “utensilio” al otro, de la “servilleta” a la “cucharita”, de la “pava” al “tazón”, del “batidor” al “té”, del “te” al “me” al “mi” al “tu”: al OTRO, LO otro. Dice Okakuro Kakuza sobre la práctica: “Es una higiene, porque impone la pulcritud; es una economía, porque enseña que el bienestar consiste más en la sencillez que en la complicación de los dispendios; es una geometría moral, porque define los límites de nuestra capacidad en relación con el universo.” [OK: 11-12] Tomarte un té es una invitación a compartir por un momento, por un instante ese límite con el universo, que se multi-versa en cada inhalación, cada pestañeo, cada exhalación, en cada yo que va cambiando. Además acá la ética tiene que ver más con la gnoseología (como nosotros la entendemos) que con la praxis moral que sirve para dictar valores que ordenen y moderen la vida social: la ética se hace un modo-de-vivir-en-el-mundo-entre-otros y entre-el-entre.

La tetera es de porcelana pero no se ve

La sala de té se llama sukiya 数寄屋 (un excelente nombre, por cierto) que “estrictamente traducido” querría indicar algo como “la casa de la fantasía” o “la casa del vacío” (¡mucho más sugerente!) o “la casa de lo asimétrico” (¡sin desperdicio!). “Es, efectivamente, la casa de la fantasía, en cuanto no es sino una construcción efímera, erigida para servir de asilo a un impulso poético. Es, además, la casa del vacío, ya que se presenta desnuda de toda ornamentación y, en consecuencia ofrece un espacio donde colocar libremente cuanto puede satisfacer un capricho estético pasajero. Es, finalmente, la casa de la asimetría, porque esta consagrada al culto de lo Imperfecto y porque adrede se deja en ella siempre algún detalle inconcluso para que las imaginaciones juguetonas lo rematen a su placer.” Que difícil agregarle algo sin profanarla. Creo que sugerencia es la mejor señal para empezar a entender algo de todo esto; sugerencia que se hace entre lo fugaz, lo efímero, el vacío, la completud, que se hace irresistiblemente azul, como la nada.

Un salón que se construye solo y sólo para contener un poema y, que seguramente deviene el mismo en poiesis, se hace él mismo, como capricho estético que es, y se deja sin terminar, sin acabar en su totalidad, porque siempre falta… falta algo que está siempre por-venir, por ser completado, por ser, por devenir. El poema se completa sólo cuando un espíritu atento lo capta, y esa captación dura un instante, precioso, intenso, intemporal, intempestivo; por esta razón “el teísmo es el arte de rescatar la belleza que se acaba de descubrir y de sugerir lo que uno no se atreve a revelar.” [OK: 21]. Esta captación se siente en el cuerpo y se atesora sólo por un instante, además no se transmite, no se muestra, no se enseña: sólo se la señala y se sugiere lo vivido. Es el método de educación estética más intenso y gozoso que pueda imaginarse.

Los instantes se corresponden uno a uno con los “detalles” a completar y descubrirlos es otro modo de la epifanía; cada detalle sugiere un hueco en ese “espacio vacío” que se va llenando de poemas. Algo circula por la habitación que va flotando y rodea y atraviesa todo y a todos, haciéndonos huecos, en la habitación y a nosotros mismos. Hay detalles que cruzan desde el otro lado del tiempo, de su anverso, desde la prolijísima costura del kimono, desde la fragilidad de lo eterno, que acá se prueba en mínimas dosis: una sola flor, la ikebana (生け花)[iii], el kakemono (掛け物)[iv], su imagen y su poesía; nada durará más que el te, que se va conmigo en sorbos, y me lleva; nada durará más que yo, que me voy en el té, las flores, las sedas, los gestos sin tiempo, que me voy yendo…

Mis agujeros serán llenados y me convocan y obligan a convertirme en “obra de arte” que opere desde sí y para sí, que se haga arte, que juegue, se juegue, que abra un vacío y se vacíe, se agujeree; éste es el mejor sentimiento que inspira el Cha no Yu: uno deviene obra de arte incompleta, por-venir, hueca, vacía. No se pueden “traducir” las sensaciones vividas ahí dentro, ahí, afuera de todo ahí, ahí sin tiempo, en el ahí sin ahí. La sugerencia más a mano me envía a mi propio poema, al del comienzo de mí mismo, al que me hace y que hago cada día, al poema que escribimos los dos, que nos escribimos, y que falta completar; a ese mapa por trazar, con minuciosos detalles y miles de proyectos, a toda esa vida, que ahora cabe en una taza de té. Un poema verde, un haiku espumoso y caliente que se bebe, se hace orgánico, se hace yo y des-hace al yo; deviene mí, me lo llevo conmigo y me lleva, me escribe por dentro y me puedo leer, con sorpresa, en hiragana o en español, no importa: funciona y es lo que realmente vale.

No me dan los ojos, que permanecen colmados en silencio, para captar todo lo que hay… hay muchísimo más de lo que se deja ver; nada se esconde, todo no se deja ver… mientras Ella me prepara una taza de té. Ella, ahí, de kimono, sin tiempo, para mí; es como un florero para una única flor, que florece justo ahí-ahora, a tiempo, en tiempo.

Una taza de té y todo el universo ahí dentro se hace verde y espumoso, un poema escrito en el agua caliente, que se empieza a leer en el vapor que sale del tazón… un olor verde que respira una nariz lectora, el lila del kimono con ese eco de vacío, las mangas largas que buscan el tatami y todo un mundo que irrumpe; los movimientos, los gestos, el dolor de las piernas, el cuerpo, que no existe, pero duele. El silencio se hace blanco de repente, una servilletita de papel, una mini-galletita dulce, que llevo hacia mi boca, que se quiere tragar al universo; el sonido apagado de la bandeja; mi gusto se extraña de sí mismo, y Ella sigue ahí, sin tiempo, preparándome mi té. Al tiempo lo mide y lo denuncia mi dolor de piernas, la servilleta cerca de la boca, la galletita se hace yo, y la servilleta ocupa su lugar como hace cientos de años, a mi derecha, cerca de mi dolorida rodilla; espero mi taza: se hace el tiempo. Ella está terminando con la primera parte del “ritual”, de costado me ofrece la taza, sin mirar, no son necesarios ojos para ver esto; le duelen las piernas como a mí, pero la eternidad seduce más. El lila se hace mujer, todas las mujeres y el verano de Tokyo se acomoda en su mano, y me ofrece el té. Me muevo y tengo cuerpo de nuevo, me deslizo a ras del tatami -un leve sonido que temporaliza el lugar- bbzzzz y agarro mi taza ¿o ella me toma a mí?: aparece el espacio.

Saludo de rigor, agradecimiento al anfitrión por la atención y el compartir esta experiencia, dos giros de la taza (para que el dibujo quede del lado de afuera para que lo pueda “ver” el anfitrión) tres sorbos bien grandes y el poema está adentro; los ojos buscan algo mundano, algo que te traiga a la tierra de nuevo, pero no lo hay; sabor amargo mezclado con el dulce de la galletita, poema líquido que corre y calienta por donde pasa, una mano debajo y una al costado: así me bebo mi primer haiku.

Se toma todo, se traga toda la poesía y al final se le pasa el índice y el pulgar al borde donde se bebió y donde la taza se hizo yo, y la mano busca la servilleta que está siempre en ese mismo lugar, esperando como hace siglos, por ese movimiento final; después de esto, será doblada y terminará su utilidad, se hará simple papel de nuevo, con la cicatriz de un té bebido por alguien que ya no es el mismo que llegó. Las miguitas le dan un poco de vida y, como un cuadro, como un sumie (墨絵) de tinta aguada, la mancha verde se hace un paisaje marino con pequeños botes, que se cruzan con una raya en el medio; la doblo y me guardo el cuadro, para ver que devendrá.

Saludo con la cabeza (bah! con lo que queda de ella) y la taza busca el tatami de nuevo; dos giros al revés de los primeros (para que el dibujo quede del lado del invitado, porque lo ha elegido el anfitrión cuidadosamente teniendo en cuenta mil detalles: estación, clima, año, huéspedes, estado de ánimo, etc), me agacho a disfrutar del dibujo, de la cerámica, de la firma debajo, de “los detalles”, de lo que lo hace “fallado” para nosotros, con ese detallito que no deja asomar la perfección de la pieza, y que ahora es justamente lo que la hace tan importante; contemplo el tazón, me in-corporo de nuevo, y le acerco el tazón vacío a Ella, que permanece mirando a un punto fijo delante de ella que la mantiene anclada al mundo. Lo recoge con la mano derecha, lo lava, y prepara todos los seres-a-la-mano para retirarse, no sin antes llevar a cabo todo un ritual de hermosas y acalambrantes formas de pararse y caminar, diferentes cada vez que se entra y se sale.

Se para y el lila se hace una tela que vive, que cae vertical, como el kakemono con la poesía ¡y ella también se puede leer! el cuerpo dolorido, alilado, que se desplaza flotando por los tatamis, lentamente, sin tiempo, en hiragana, bzzzz. Agradece a su huésped, que era yo, y se retira a otro lugar, a lavar cada una de las posibilidades de aprendizaje que tuvo (cosas, diríamos nosotros).

Ese lugar se llama mizuya, la antecámara, y es dónde se lavan y se preparan las “cosas”, antes de llevarlas al salón y después que se terminó el té. También hay un machiai, un atrio o vestíbulo donde tenés que esperar que te llamen al salón principal, y un pasillo, roji, que lo conecta con el salón principal. En las casas de té, este roji atraviesa el jardín, esos jardines que todos hemos visto en fotos, y su función es que puedas olvidarte de todo lo mundano, lo exterior y prepararte para la experiencia que vas a tener y los disfrutes estéticos que vienen. Siempre hay un tsukubai, una fuente de agua que sirve para purificar las manos y la boca en señal de respeto y pulcritud.

El roji simboliza el primer estadio de la meditación: la serenidad y la armonía se mezclan entre la pureza del lugar y la soledad del que busca. Cuando uno llega acá debe dejar todo lo mundano que trae: joyas, relojes, atributos de clase o profesión, etc.; además se ingresa por una pequeña puertita, nijiriguchi, que te obliga a “agacharte”, a agachar la cabeza, a dejar cualquier altanería afuera y te enseña a empezar a ser un poco más humilde. De ahí, ya entrando, vas derecho al tokonoma, un rincón donde se esfuman el tiempo y el espacio, vacío y silencioso que no deja de hablar; mide aproximadamente un metro por dos, y en esa pared cuelga el kakemono, con una pintura o poema que sutilmente te pone en sintonía con el tiempo que corre afuera (estación del año, clima, o el estado de animo reinante, etc.). Debajo de esto, está la ikebana, extremadamente simple (dicen) que debe dar sensación de transitoriedad y eternidad a la vez: muy “simple”. Lo único que marca el toque humano y terrenal es el sonido del agua que está hirviendo y que da marcas del tiempo.

Se les ponen a las “pavas” unas bolitas adentro que hacen como de sonajero, mientras hierve y burbujea el agua, y sólo esto quiebra el silencio que rodea y atraviesa todo, tratando de emular una corriente de agua, un río y sus rocas, el viento o el cielo mientras se desplazan las nubes por él. Los materiales de construcción de la casa de té son austeros y todo tiene que ver con la fugacidad y transitoriedad de las cosas: bambú, telas, papel, madera, agua, tierra, metal, fuego y aire, piedras; “ así, en las salas de té, la fugacidad de las cosas vien e sugerida por la levedad de la techumbre; su fragilidad, por lo frívolo de los pilares; su ligereza, por los palos de bambú; su aparente descuido, por el uso de materiales ordinarios.” [OK: 47].

Arribados aquí, la clara sugerencia de todo esto no es otra cosa que la indicación del teísmo al zen y al taoísmo. Estas dos formas de ser-y-estar-en-el-mundo, se hacen patente en Cha no Yu: el vacío, el silencio, el gesto, lo sugerido, lo incompleto, la utilidad de lo inútil.

La eficacia funcional del sukiya sólo se muestra a quien puede animarse a pensar que sólo en el vacío reside lo esencial, y que sólo se encuentra “la realidad de una habitación, no en el techo y en las paredes, sino en el espacio que esas entidades limitan.” [OK: 60].

Como en mi taza de té, la funcionalidad de la multirreferencial “cosa” que uno trae-a-la-mano reside en que sea “hueca”, en el vacío interno de la pieza, en la nada inherente a las cosas:

un universo

el hueco en mi mano

mi taza de té

gg.

Mi mano se ahueca y me ahueca para recibir y expresar lo esencial, para moldearme desde dentro, vacío: “aquella persona que consiguiera ahuecarse hasta el punto en que pudieran en ella entrar y caber libremente todos, llegaría a ser la dueña de todas las situaciones. El todo se halla siempre en situación dominante con respecto a la parte.” [OK: 61-61]

El valor predominante del vacío ha alcanzado en la expresión artística japonesa su máximo valor. Así la principal manera de construir y de habitar una obra de arte es desde la sugerencia, desde el gesto escondido detrás de lo fáctico, de lo incompleto, de lo vacío: “El vacío es todopoderoso, porque puede encerrarlo todo. Únicamente en el vacío es posible el movimiento.” [OK: 60] Si esto necesitara una traducción directa a nuestra lengua abuela o madre, sería: la nada es más poderosa que el ser, porque lo contiene; lo cual causaría un espantoso descalabro en las mentes greco-romanas de nuestros colegas y contemporáneos “libre-pensadores”, además del ya clásico horror vacui existencial, que les permite seguir viviendo en ese paupérrimo estado de egoísmo intelectual. El verdadero artista no dice ni muestra todo, así hace que el espectador abandone su estado aséptico e inane, y se in-corpore a su idea, a su obra, en ese vacío dejado por el artista para insertarse y tratar de llenarnos de emoción estética: no hay obra completa, hay cruces e intercambios de operaciones estéticas puestas en juego, de un lado y del otro. Por eso “la verdadera belleza solamente llega a descubrirla aquel que mentalmente completa lo incompleto.” [OK: 49]

De este modo nuestras nociones de simetría, de completud y de perfección no tienen su lugar preponderante aquí: esto atenta contra la frescura e inocencia del pensamiento y del goce estético.

Aquí se trata de dominar, y pasar a favor nuestro, esa extraña sensación de “miedo” de conmoverse con la cantidad y calidad de pensamiento estético que entra a nuestro cuerpo. Aquí es donde los ojos quieren aprender, aprender a hablar, y hablan. Aquí es donde nosotros entramos al mismo ritmo de las cosas, a ese ritmo, al de la vida en movimiento, al movimiento en el vacío, al vacío de nosotros mismos. Somos nosotros, nuestros ojos, nuestras manos, nuestro cuerpo, nuestro corazón los que miden al arte: “la obra de arte se cotiza únicamente en la medida en que habla a nuestro corazón.” [OK: 74] Este es el punto que me seduce pensar como un “pensamiento emocionado” o una “razón infartada”

Tampoco es bienvenida la repetición, en ninguna de sus variantes. Ningún “objeto” debe aludir a la repetición o al monotema: ningún dibujo o color se deben repetir porque se anulan. Si se prepara el salón en un color, las flores de la ikebana serán de otro y también lo será el kimono; si la ikebana tiene flores, el kakemono no las tendrá, y menos aún los kimonos; si la “tetera” es redonda, la bandeja para servir será cuadrada o con líneas rectas; el tazón debe estar equilibrado con el pote de laca que contiene el té: colores, tamaño, dibujos, etc. Nunca se coloca sobre el tokonoma algo (vasija, florero) justo en el medio, que lo divida en dos partes iguales: esto es un gesto muy burdo y grosero. La monotonía debe estar muy alejada de un salón de té, y les puedo asegurar que se nota y mucho la cantidad de detalles que tienen que tener en cuenta quien invita a “tomar el té”.

“Tomar el té” no es otra cosa que un modo-de-ser-en-el-mundo, una manera diferente de habitarlo, de sentirlo, de hacerlo y hacerse líquido, de regirse en la vida. Los maestros de té suelen señalar para el buen vivir los cuatro preceptos que tiene el Cha no Yu: WA (), armonía, paz; KEI (), respeto, honor; SEI (), pureza, de corazón-intelecto; JYAKU (), humildad, como aniquilación de sí mismo. Estos preceptos no sólo los gobiernan en la duración de una “ceremonia del té”, sino, que penetran la totalidad de la vida y se in-corporan en lo cotidiano de estas personas.

Espero poder alcanzarlos, porque, a fin de cuentas, todo esto trata sólo de hacerle un gesto a la nada, a esa nada que busco desde hace tanto… todo esto es sólo eso, un gesto, simple… gesto…

“El Cha no Yu es simplemente,

hervir el agua, batir el té,

y beberlo …”

Sen no Rykyu



[1] Kakuzo, Okakura, El libro del té, Barcelona, Kier, 1993. Todas las citas marcadas con [OK] remiten a este texto.

[1] Estos kanjis dicen literalmente: té-de-agua caliente; leídos en el orden correcto nos dan una señal de qué es lo que se trata todo esto: simplemente “agua caliente para té”. Y es precisamente ante esta simpleza, a la que no queremos, podemos o intentamos acceder desde nuestra conformación cultural, donde se acaban nuestras formas de la aprehensión cientificista de lo otro.

[1] El primer kanji dice “crecer, generar, llegar a ser”, y el segundo es un hombre con una cuchara entre las hierbas (hana: flor); lit: mantener creciendo flores.

[1] Literalmente: cosa-que-cuelga; es un rollo de papel de arroz, casi siempre con un poema caligrafiado o con una pintura (lo que en este caso, es lo mismo).

Publicado en La posición. Letras, cultura y política

3 comentarios:

acroathenos dijo...

Guillermo, te interesaría un animé onda ciencia ficción pero con contenido filosófico cuyo capitulo central gira en torno a una práctica de tomar el té?

acroathenos dijo...

mandame un mail a acroathenos@gmail.com

(deberias poner un mail en tu blog para contactarte jaja)

Crespi dijo...

Che, contestá los comentarios. No seas irrespetuoso!