8 feb. 2008

artilugio

No se acerca nada que no se deje desalejar, primero; y es en ese desalejar-se donde pareciera abrirse la primera cercanía, una mínima hendidura que no puede evidenciarse si quebrarse, aunque miles de palabras intenten y atenten contra esto.

Ese “entre” queda rozando a las cosas, acariciándolas, pero sólo para rodearlas hasta el mareo y la nausea. Nunca la palabra puede tocar el centro de la cosa, ni nunca podrá detenerle o producirle una arritmia a sus latidos.

Uno piensa en la palabra mar, y solo podemos ver varias olas que vienen a golpear en la orilla y un poquito de más allá: todo lo que no entra en nuestra mirada, eso que rebalsa de nuestros ojos, eso es el mar.

La palabra solo muestra la carencia, lo que falta.

¿Cómo hacer para recortar una cantidad de mar, un marcito, para poder decirlo? Se dice: mar, y todos mentimos. Mentimos cuando lo decimos, mentimos cuando lo escuchamos, mentimos cuando lo entendemos. Pero es la mentira más bella de la que disponemos: el lenguaje.

Tirarle un hilo a las cosas solo para que se armen numerosas madejas y algunos enredos, un ovillo deformado, una bobina que se anula en algún nudo que pretenderá detener a alguna medida, tirante, a las cosas.

Hablar, frente al mar, como un profano, es un intento de demorar una ola en re-presentación de todo ese mar. Hablar es demorar en mi mirada todo aquello que no pude ser acariciado por mis palabras. Hablar es una demora, un en vano. Nunca se dice nada. La palabra siempre está de más, enredando las cosas, tratando de retenerlas.

Palabras: humedad salina, espumas, gritos blancos de gaviotas, murmullos de arenas. El mar: abundancia de silencios que van y vienen.

Silencio azul-verdoso.

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