4 nov. 2008

(dar) la palabra

Pareciera que buscar las “palabras adecuadas” sería algo como tratar de encontrar aquella o aquellas palabras que en vez de instalar y abrir una distancia entre ella y lo nombrado, quedara como flotándole por encima, sin tapar la cosa, sin obturarla, sin desaparecerla o entorpecerla.
Cuando la palabra no es la “adecuada” ésta queda como vaciada, es sólo un cascarón vacío, una momia que huele a muerte, que no tiene esa carga de subjetividad que le
co-responde.
Pronunciada esta palabra vaciada se abre inmediatamente un ámbito de sospecha: la distancia entre palabra y cosa, y entre palabra enunciada y el enunciante crean la desconfianza. Esta desconfianza no es sólo en cuanto a la relación entre los hablantes, sino en cuanto a lo onto-lógico también; quiero decir: ese logos queda en una zona de inestabilidad a no poder llenarse de lo que le da la cosa para ser nombrada; ni será percibido como enunciado de verdad de parte del hablante o el oyente.
O lo que es lo mismo: anagorías, contra toda categoría.
La palabra “adecuada” acercaría esta distancia abierta por el lenguaje mismo, al tratar de permanecer lo más cercana posible, en un mismo gesto, a lo que nombra y quien nombra, fundando un espacio de confianza. Para poder abrir esa confianza queda a la espera de que el oyente la complete, la termine, la acabe.
Sin esta co-respondencia no hay posibilidad de enunciar una palabra adecuada: no hay poesía posible que no espere por el otro que la complete; sin intercambio o sin correspondencia confiable no hay poesía.
Este es el único gesto verdaderamente ético que podemos esperar cuando (nos) hablamos.

1 comentario:

Crespi dijo...

Pero esto es una glosada teoría de la no-verdad como pensamiento, como experiencia del afuera...